9. La suerte estaba echada
El general Herrero ya conocía al viejo por las fotografías de un diario que había comprado en México. Curiosamente, cuando estaba en su casa revisando sus cosas, descubrió en las páginas de El Universal la imagen del hombre que le habían ordenado asesinar. Ahí estaba la foto: Carranza vestía un traje claro, con un saco enorme y el chaleco cerrado sobre cinco botones; a su izquierda se encontraba un militar a quien no pudo identificar; rodeaban al Presidente algunas personas vestidas con levitas, leontinas y sombreros de fieltro; sin embargo, además de Carranza, llamó su atención la figura de un niño como de diez años, mirada perdida, overol y camisa blanca de manga larga. El pequeño jugaba entre sus manos con un sombrero de tela, parecido al que usaban los maquinistas. La imagen del infante le trajo al General la de su hijo Aurelio, en una fotografía similar que se habían tomado en Poza Rica. ¿Qué hacía un niño de mirada sombría en medio de tantos adultos? ¿Acaso los pequeños pueden comprender el universo de intrigas y traiciones a que están acostumbrados los mayores? El general retiró el periódico y lo puso en la cama, pero el niño lo seguía mirando con reproche. Repitió la palabra traición y la sintió en sus labios como si fuera carne achicharrada. A pesar de ser un hombre acostumbrado a tutearse con la muerte, un ciempiés de hielo le recorrió la espalda y le trepó a las sienes con un estremecimiento de locura.
La suerte estaba echada. El general Herrero recordó que la decisión había sido tomada en una reunión urgente de muy alto nivel en el poblado de Coyutla, donde dos días atrás, algunos militares habían sido convocados de manera discreta: el general Alberto Basave y Piña llevaba la batuta; exhibió un telegrama que había recibido desde México, en el que Álvaro Obregón ordenaba combatir al Presidente, pues era el único obstáculo para pacificar al país. Eso se dijo. Había que combatirlo y darle muerte si era necesario. Todos los firmantes del Plan de Agua Prieta debían cumplir esas órdenes sin excusa ni pretexto. Más tarde serían recompensados: solvencia económica y ascensos militares estarían asegurados de por vida. Les dijo que la mayoría del ejército ya había reconocido el Plan de Agua Prieta.
Mientras Basave los exhortaba para cumplir con el mandato, Rodolfo Herrero entrecerró los ojos para mirar a un joven militar que, sentado a su derecha, con una vara seca se golpeaba las botas: era alto, delgado, serio, hasta podría decirse que era tímido; sus orejas grandes, su bigote recortado, contrastaban con sus ojos, tenía una mirada melancólica, casi tierna, parecía tener veinticinco años: era el coronel Lázaro Cárdenas. Sin embargo, pese a su juventud, el Coronel Cárdenas comandaba la zona militar de Tuxpan y era bien querido por su tropa. No habló durante toda la reunión, pero al final dijo:
−Vamos a cumplir con mi General Calles. ¡Maximino, Manuel, telegrafíen a sus paisanos para que se unan a la causa! Deben estar atentos.
Reiterativo, Basave los comprometió a cumplir cabalmente con el pacto evitando que el contingente saliera de la sierra. Cárdenas estaría en Poza Rica y en Papantla; le habían dicho que Guajardo venía acechando por la retaguardia; fulano en Tulancingo; él mismo iría a Teziutlán.
−El viejo está rodeado. No tiene escapatoria. ¡A reventar caballos, −dijo exaltado− todo mundo a ocupar sus posiciones!
Así las cosas, el general Herrero no podía arrepentirse pero tenía que pensarlo muy bien para deslindar su responsabilidad. Ahora la comitiva estaba en su territorio; él era el indicado para cumplir las órdenes.
Tomó otra vez el periódico mirando con atención al niño, pero sus ojos se fueron tras la figura del hombre de la barba. El personaje poseía un atractivo parecido a su pasión por las armas. Quizá era su atuendo militar como el que siempre soñó portar cuando lo revolcaban las fiebres de la canícula de agosto; quizá era su gesto severo y su mirada enigmática; quizá era la aureola de poder que lo investía y lo dotaba de un magnetismo indescifrable; quizá sólo era la sensación que tiene el cazador cuando se enfrenta con su presa.
Cuidadosamente dobló el periódico para meterlo en un baúl al que cerró con llave. Aventó su sombrero con desgano, colocó su pistola debajo de la almohada, se recostó sin descalzarse los botines, sopló sobre el quinqué e intentó escapar de sí mismo metiéndose en el sueño.
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