domingo, 17 de julio de 2011

Un mantel oloroso a pólvora


11. Esta muerte es de mal agüero

Enterado de que el general Herrero había llegado a Chicontla, Panchito Cabrera, motivado por la curiosidad, se paseaba enfrente de la casa de Leoncio Rivera donde estaba hospedado. Se escucharon las campanadas llamando a misa de seis. El sol apenas enviaba como embajadora a una aurora rosada.
En una casa cercana se escuchaba el batir de palmas preparando el itacate. Montado en su mula, naciendo de la calle, un jinete llamaba a su perro con un silbido largo.
¿Qué estará pasando? - pensaba - ¿por qué nos mandaron llamar tan temprano? ¿Acaso tendremos que salir a algún lado? La curiosidad le picaba como una gusanera. Al caminar pensativo estuvo a punto de pisar una caca de perro. ¡Pinche perro cochino, no pudo hacer su porquería en otro lado.
Cuando se abrió la puerta de la casa se acomodó el sombrero. Era el primero que llegaba. Ahora sí podría saludar al general herrero a su gusto; pero el que se asomó fue Leoncio, quien lo saludó agitando la mano. Pronto volvió a meterse y Panchito se sintió desilusionado. Este cabrón me va a volver a presumir de su amistad con el general.
Rodolfo Herrero salió de la casa poniéndose el sombrero como era su costumbre, sus hombres lo estaban esperando. Caminó hasta la mitad de la calle, ellos se desprendieron del mercado, que era una construcción rectangular con pilares cuadrados de piedra labrada y techo de teja. Esa era una de las obras iniciadas por el general en la región; había mandado construir caminos empedrados, puentes, escuelas, fuentes y algunos palacios como el de Patla, por eso la gente lo quería y lo respetaba.
−¡Buenos días, muchachos!
−¡Buenos días, señor! −contestaron a coro.
−Los mandé llamar porque me han dado una encomienda. Me dicen que el Presidente de la República viene cabalgando por el rumbo de Tlapacoya y es probable que pase por aquí. Lo acompaña un grupo de militares, entre ellos viene el general Mariel. Debemos estar pendientes para apoyarlos en todo lo que necesiten. Miguel y César se encargarán de organizarlos para montar las guardias. Cualquier información que tengan me la harán llegar de inmediato. ¿Entendieron?
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y se metió a la casa. Desde ahí escuchó las órdenes de su lugarteniente.
−¡Pancho y Andrés se suben a la torre de la iglesia; no olviden la largavistas! ¡Eugenio, escoge a cinco y te vas a vigilar el Paso de Chila; llévate caballos de refuerzo para avisar en caso de emergencia!
De inmediato la gente empezó a movilizarse.
−César, el coronel me pidió que junto con el “Güero” te vayas a Patla y estés pendiente. Mandas otros que vigilen desde el cerro.

Confirmada la ruta del patriarca por sus dominios, Rodolfo Herrero giró instrucciones para que fueran a pescar a las pozas cercanas a su rancho en Progreso, con el ánimo de preparar un caldo de pescado al mandatario. Leoncio comisionó a Lázaro para que cumpliera la instrucción. Comprometieron a una docena de pescadores; por ser un buen nadador se le pidió a Delfino que se integrara al grupo.
Salieron a las cuatro de la mañana de Chicontla; a las seis estaban arribando a las pozas de “La víbora”. Se encendieron fogatas en la orilla, mientras se preparaba la operación: a una piedra plana se le amarraba una “macilla”, que era un cohete muy potente y con la mecha encendida se arrojaba al centro de la poza. La detonación ocurría dentro del agua y, por el estruendo, los peces morían o quedaban atontados. Entonces los pescadores más experimentados se sumergían cuatro o cinco metros de profundidad y recogían los peces que quedaban muertos en el fondo del lecho pedregoso. Otros, se apostaban en la cintura del vado atrapando a los peces que eran arrastrados por la corriente.
Como una jauría de perros acuáticos, lo peces moribundos trataban de escapar corriente abajo, boqueando ansiosos para conseguir oxígeno. Unos eran capturados con las manos, otros, con morrales y arrojados a la orilla donde los apilaban en costales.
Como los demás pescadores se sumergían al fondo de las frías aguas y emergían con tres pescados, dos en las manos y uno en la boca, Delfino pensó en imitarlos. Subió a una roca, se tiró al agua, bajó hasta el fondo, tomó un pescado, se lo metió a la boca, y trató de tomar otros dos con las manos. Con los pies, se impulsó desde el fondo, pero el pez que había mordido quiso soltarse de sus dientes y se le incrustó en la garganta; desesperado, Delfino trató de sacarlo de su boca, pero fue inútil y empezó a tragar agua; vino pronto la asfixia. Su cuerpo fue descubierto flotando como un tronco macabro. Se suspendió la pesca. Todos regresaron en silencio a Chicontla.
−¡Esta muerte es de mal agüero! −dijo Lázaro arrastrando la pena con los pies.

Un mantel oloroso a pólvora


10. El destino de Rosita

Leoncio escuchaba el rumor del otro cuerpo moviéndose en la cama; su compadre Rodolfo tampoco dormía, la expectación los mantenía despiertos. ¿Qué hacer en esta encrucijada? ¿Cómo ejecutar una orden sin contravenir el orden constitucional del país? ¿Por qué les habían ordenado a ellos tomar ese riesgo? Quería dormir, era desesperante no hacerlo, entonces empezó a pensar en esas pomas rosas que cortaba de niño y eso le trajo el aroma del pelo de Rosita y su recuerdo empezó a llegar con la noche de insomnio:
Rosa tenía diecisiete años, había nacido en un rancho cercano a Zacatlán. Su vida era una historia parecida a la de muchas mujeres que vivieron la época revolucionaria; uno de los hombres del general Herrero apodado “Bigotes” la había raptado aprovechando que la tropa entró a una ranchería buscando zapatistas. Se la trajo a la fuerza, como era la costumbre; ella se defendió cuando la subieron al caballo para separarla de su madre. Dicen que el muchacho tuvo que batallar muy duro para doblegarla porque se defendió como gata boca arriba. Con el paso de los días descubrió el fuego de la pasión cada vez que se revolcaban en la cama y, sin pensarlo, empezó a querer al hombre que la rapto de su hogar. Se le incendiaron las mejillas, sus ojos brillaban de una manera distinta, se le veía contenta. Poco a poco se aferró a ese hombre que la hacía sentir mujer y que era lo único que tenía a su lado en ese pueblo olvidado de Veracruz. Huérfana de padre, había crecido sola, su hermano mayor había muerto en un asalto al tren en la estación de Beristaín. Su destino estaba marcado por la tragedia pues una bala perdida que surgió de una pugna entre borrachos, en Coyutla, le arrebató la vida del muchacho cuyo nombre había maldecido para siempre. Eso le habían dicho, así lo habían contado; nadie le dijo que la bala había salido de la pistola asesina de Hermilo Herrero.
Sepultó al “Bigotes”, luego la muchacha se fue del pueblo y regresó con su madre para aposentarse en una casa que le había sido donada por el general Herrero en Chicontla. Se volvió huraña y sombría; ahora, los hombres la miraban con una lujuria de perros que siguen a sus hembras. Herminio Márquez también la pretendía, pero por una extraña razón siempre lo rechazó; después le dijo a Leoncio que Herminio tenía una mirada malévola, cuando la cortejaba sentía una mala vibra, una especie de mal augurio en su futuro y que ella ya no quería perder a otro hombre en pleitos de cantina.

Esa noche, Leoncio la esperaba en la penumbra. Lanzó una pequeña piedra a la casa de tejamaniles y esperó con los nervios crispándole las manos. La noche encendía su reinado, los perros ladraban a lo lejos; apenas se escuchaba el rumor del río que acomodaba piedras en su cauce. Se abrió una puerta: Rosita parecía una mañana enmedio de la noche. Descalza, caminó despacio; la tela de la bata dibujaba sus formas.
−Te esperaba −dijo y se abrazó a su cuerpo. Toda ella temblaba de emoción.
−Rosa, Rosita, rosario de mis penas −contestó atrayéndola con fuerza.
Se besaron como locos, con una furia contenida desde el momento que se vieron en la plaza del pueblo. Ese día sus miradas coincidieron un instante; él cortaba un pedazo de carne, atrás pendía la res sacrificada; a cómo está la maciza preguntó con sus ojos de ardilla, palpitantes, encendidos. Tenía el pelo suelto de color arena, los ojos cafés y la boca sensual, algunos lunares en el cuello resaltaban en la piel blanquísima. Turbado, solo alcanzó a decirle a como tú digas, mi reina. Ella engalanó la mañana con la luz de sus ojos, se encaminó al mercado y lo dejó perplejo.
Ya no hacían faltas palabras esa noche. Se besaron con la furia del agua que corre en una gruta. Sus manos, hábiles con los cuchillos, asediaron la cintura perfecta. Una escaló despacio hasta tocar su pecho, caracola marina que se abría al paso del molusco. Buscó el cuello y su lengua recorrió ese espacio destinado a la luna. Ella se estremecía, con las uñas castigaba su espalda. Sin pensarlo, bajó una mano hasta tocar los muslos. Ella se resistía, pero su cuerpo agradeció el intento y abrió las piernas con una invitación a la aventura. Como peces ansiosos, sus dedos subieron y bajaron, lentos, pausados, febriles, en su sexo alborotado; con un quejido de hembra atormentada desbordó sus aguas en el vasto continente del deseo. La sintió húmeda, agitada, con deseos de posesión, mientras a él le crecía un animal embravecido en medio de las piernas.
De espaldas, agachada, ella se apoyó en unas piedras. Marcado por la urgencia, él se acopló a su cuerpo hasta que ambos encontraron el ritmo del deseo. Ella se abrió a su paso como el Mar Rojo a la orden de Moisés. Entraba, salía, entraba, salía. Avanzaba, arremetía, era un hombre ansioso que buscaba la tierra prometida. Luego vino una explosión, una comunión donde el pan era carne y el vino un flujo de líquidos calientes. El mar los alcanzaba, los cubría con sus aguas. Atrás quedaba el páramo desértico, la sed insatisfecha, adelante se alzaban los oasis y el fin de la jornada. Pronto llegó el silencio, la respiración entrecortada, la vuelta al mundo real.
−Soy una pecadora, −dijo ella levantándose− pero no importa que me vaya al infierno.
Urgida de calor, buscó las ramas de sus brazos para sentirse nido. La torre de la iglesia se reflejaba al fondo iluminada por una luna cómplice.

Un mantel oloroso a pólvora

9. La suerte estaba echada

El general Herrero ya conocía al viejo por las fotografías de un diario que había comprado en México. Curiosamente, cuando estaba en su casa revisando sus cosas, descubrió en las páginas de El Universal la imagen del hombre que le habían ordenado asesinar. Ahí estaba la foto: Carranza vestía un traje claro, con un saco enorme y el chaleco cerrado sobre cinco botones; a su izquierda se encontraba un militar a quien no pudo identificar; rodeaban al Presidente algunas personas vestidas con levitas, leontinas y sombreros de fieltro; sin embargo, además de Carranza, llamó su atención la figura de un niño como de diez años, mirada perdida, overol y camisa blanca de manga larga. El pequeño jugaba entre sus manos con un sombrero de tela, parecido al que usaban los maquinistas. La imagen del infante le trajo al General la de su hijo Aurelio, en una fotografía similar que se habían tomado en Poza Rica. ¿Qué hacía un niño de mirada sombría en medio de tantos adultos? ¿Acaso los pequeños pueden comprender el universo de intrigas y traiciones a que están acostumbrados los mayores? El general retiró el periódico y lo puso en la cama, pero el niño lo seguía mirando con reproche. Repitió la palabra traición y la sintió en sus labios como si fuera carne achicharrada. A pesar de ser un hombre acostumbrado a tutearse con la muerte, un ciempiés de hielo le recorrió la espalda y le trepó a las sienes con un estremecimiento de locura.

La suerte estaba echada. El general Herrero recordó que la decisión había sido tomada en una reunión urgente de muy alto nivel en el poblado de Coyutla, donde dos días atrás, algunos militares habían sido convocados de manera discreta: el general Alberto Basave y Piña llevaba la batuta; exhibió un telegrama que había recibido desde México, en el que Álvaro Obregón ordenaba combatir al Presidente, pues era el único obstáculo para pacificar al país. Eso se dijo. Había que combatirlo y darle muerte si era necesario. Todos los firmantes del Plan de Agua Prieta debían cumplir esas órdenes sin excusa ni pretexto. Más tarde serían recompensados: solvencia económica y ascensos militares estarían asegurados de por vida. Les dijo que la mayoría del ejército ya había reconocido el Plan de Agua Prieta.
Mientras Basave los exhortaba para cumplir con el mandato, Rodolfo Herrero entrecerró los ojos para mirar a un joven militar que, sentado a su derecha, con una vara seca se golpeaba las botas: era alto, delgado, serio, hasta podría decirse que era tímido; sus orejas grandes, su bigote recortado, contrastaban con sus ojos, tenía una mirada melancólica, casi tierna, parecía tener veinticinco años: era el coronel Lázaro Cárdenas. Sin embargo, pese a su juventud, el Coronel Cárdenas comandaba la zona militar de Tuxpan y era bien querido por su tropa. No habló durante toda la reunión, pero al final dijo:
−Vamos a cumplir con mi General Calles. ¡Maximino, Manuel, telegrafíen a sus paisanos para que se unan a la causa! Deben estar atentos.
Reiterativo, Basave los comprometió a cumplir cabalmente con el pacto evitando que el contingente saliera de la sierra. Cárdenas estaría en Poza Rica y en Papantla; le habían dicho que Guajardo venía acechando por la retaguardia; fulano en Tulancingo; él mismo iría a Teziutlán.
−El viejo está rodeado. No tiene escapatoria. ¡A reventar caballos, −dijo exaltado− todo mundo a ocupar sus posiciones!

Así las cosas, el general Herrero no podía arrepentirse pero tenía que pensarlo muy bien para deslindar su responsabilidad. Ahora la comitiva estaba en su territorio; él era el indicado para cumplir las órdenes.
Tomó otra vez el periódico mirando con atención al niño, pero sus ojos se fueron tras la figura del hombre de la barba. El personaje poseía un atractivo parecido a su pasión por las armas. Quizá era su atuendo militar como el que siempre soñó portar cuando lo revolcaban las fiebres de la canícula de agosto; quizá era su gesto severo y su mirada enigmática; quizá era la aureola de poder que lo investía y lo dotaba de un magnetismo indescifrable; quizá sólo era la sensación que tiene el cazador cuando se enfrenta con su presa.
Cuidadosamente dobló el periódico para meterlo en un baúl al que cerró con llave. Aventó su sombrero con desgano, colocó su pistola debajo de la almohada, se recostó sin descalzarse los botines, sopló sobre el quinqué e intentó escapar de sí mismo metiéndose en el sueño.

Un mantel oloroso a pólvora

8. La leva

Serían las dos de la tarde. A pesar del calor, soplaba un vientecillo refrescando el ambiente. Leoncio venía arreando a su mula cargada con leña seca. El domingo iba a matar una res y le hacía falta la leña. En esa parte plana del potrero abundaban los árboles de mango. De puro contento silbaba una melodía, una vaca suiza había parido un becerrito cuatezón. A lo lejos venía un grupo de hombres a caballo, por instinto, se acomodó la pistola debajo de la camisa. Al salir de una curva, seis hombres armados le gritaron el ¿quién vive?:
—Me llamo Leoncio Rivera −dijo mirando a los desconocidos−, soy vecino de Chicontla.
—No te preguntamos de dónde eres, muchacho. ¡Queremos que nos acompañes!
—Yo no debo nada. Soy un hombre de paz.
—Eso no nos interesa. ¡A ver, ustedes, descarguen la mula! ¡Ustedes dos, amarren a este muchacho!
Entendió que no debía poner resistencia y dejó que lo registraran mansamente.
—¡Señor, este muchacho viene armado!
—Pues quítenle lo valiente, ¡chingao!
No pudo esquivar el culatazo de un rifle que se impactó en su estómago y se dobló con el rostro descompuesto por la falta de aire. Otro golpe en la espalda lo tiró sobre el pasto.
—¡A ver si eres cabrón, levántate!
—¡Yo no debo nada!, por qué me pegan?
—¡Cállate, pinche maricón!
Todavía recibió una patada en las costillas, pero su instinto le ordenaba no oponer resistencia y se quedó en el suelo.
De nada valieron las súplicas del muchacho. Los dos hombres se terciaron sus carabinas, luego le ataron las manos con un mecate.
Antes de proseguir su marcha rumbo al cerro, le dijeron a manera de burla:
—No te preocupes, muchacho. Nos vamos a la bola. Desde hoy estás bajo las órdenes de mi coronel Hermilo Herrero.
Leoncio tropezaba a cada momento. Burlón, un mercenario lo jalaba con una reata como se jala a una res. El hombre se divertía mucho mirándolo desde la silla de su caballo.
—¿No que eras muy cabrón? A ver si aguantas.
Al llegar a la cumbre se encontraron con un grupo de mujeres; las acompañaban dos niños esqueléticos. El prisionero aprovechó el momento para mandar un recado:
—¡Díganle a Mariquita que no me espere a comer!

Cuando María supo que a Leoncio se lo había llevado la leva, puso el grito en el cielo. Estaban recién casados y no quería desperdiciar su vida como una viuda. Ordenó a un criado que le ensillara un caballo; agarró la víbora del dinero y la echó en un morral, acercó una silla para subirse al animal, se acomodó su rebozo cubriendo las blancas piernas y se fue a galope tendido con el mozo persiguiéndola como loco. Quería llegar a Progreso antes de que anocheciera, el general Rodolfo Herrero la tendría que escuchar.
Así se conocieron. Una noche en que el aire caliente de Progreso de Zaragoza atemperaba los cuerpos. Una noche, en el patio de una casa, en que María le reclamaba por la vida de su hombre. "No es justo que estando recién casada tenga que vestir de negro". Eso le dijo cuando bajó del caballo con las trenzas alborotadas sobre la cara, la mirada suplicante y el corazón en la boca. El general se le quedó mirando como queriendo reconocerla:
—No eres tú la hija de Atilano Álvarez?
—La misma que viste y calza. Y quiero que libere a mi marido, por eso vine hasta acá.
—No te preocupes, muchacha, si no le va a pasar nada.
—Cómo no me voy a preocupar, estamos recién casados.
—Ya no te preocupes. Y cómo está tu papá?

Así se reconocieron, con la noticia de que Leoncio estaba casado con una hija de Atilano, hermano de Elías Álvarez, los hombres más ricos que vivían en Chicontla, dueños de casas, tiendas, potreros y chilares. Ella era María, la más pequeña, de diecisiete años, de pelo claro y rizado que se acomodaba en unas trenzas con listones de colores. Así le cambió la vida a Leoncio, pues el general Herrero lo invitó a sumarse a sus tropas distinguiéndolo con un grado miliar.
−En esta época, el mejor oficio es la carrera de las armas −dijo el general brindando con sus invitados.
Así que a Leoncio Rivera quien por su desempeño en otras tareas ya ostentaba el grado de Capitán 2/o., pronto le vinieron comisiones para reclutar gente:
EJERCITO NACIONAL.
Número 23.
34/a. Jefatura de O. Militares.
Columna Expedicionaria.
ASUNTO: Comunica orden de reclutamiento en Chicontla, Patla y Coamaxalco, Pue.
Al C. Capitán 2/o. Leoncio Rivera.
Chicontla, Pue.
El C. Coronel Eliseo Páez Jefe del 2º Batallón de Línea, en oficio número 1704 de fecha 7 de los corrientes, me transcribe el telegrama número 5595 de la 34/a. Jefatura de Operaciones Militares en la República y que dice lo siguiente: "
Comunique esto General Herrero diciéndole que lo autorizo para que reclute violentamente toda la gente que pueda a la que se armará y se le pagarán haberes".
Lo que me honro en insertar a Ud. para su conocimiento, a fin de que en mi representación reclute el mayor número de gente que le sea posible en los pueblos de Patla, Chicontla y Coamaxalco, Pue., haciendo una lista de ella a fin de enviarla a la Superioridad para que mande fondos para socorrer a dicha gente.
Protesto a Ud. mi más atenta y distinguida consideración.
La Unión, Pue. Diciembre 12 de 1919.
El General Rodolfo Herrero.

martes, 28 de junio de 2011

Un mantel oloroso a pólvora


7. Leoncio Rivera estaba pensativo

Leoncio Rivera estaba pensativo. Su compadre Rodolfo comentó sobre el plan, pero tenía miedo al pensar en el asunto: Participar en la encomienda era un riesgo, como tomar entre sus manos una navaja de dos filos; en el acto, podía ser herido de bala o morir en el intento; en lo futuro, su nombre y su apellido podrían ser vilipendiados por la Historia. Otra vez reflexionó metódicamente la propuesta y los antecedentes: "¿Porqué querían acabar con el viejo? ¿Quién era Bonillas allá en México? ¿Qué hacía el coronel Cárdenas en Coyutla? Con la muerte del viejo, ¿se acabarían los logros de la Constitución? ¿El nuevo Presidente sería un militar o un civil? Y si lograran consumar el atentado, ¿qué pasaría con los prisioneros? ¿Qué pasaría con los participantes después del atentado? ¿El alto mando militar cumpliría con sus promesas? ¿Obregón cumpliría su palabra? ¿Y si el telegrama fuera falso?"

PRESUNTO TELEGRAMA QUE RECIBIO ALBERTO BASAVE Y PIÑA:
"Tengo informes de que por esos rumbos va don Venustiano Carranza con una escasa comitiva. Atáquelo y aniquílelo, que es el único obstáculo que hay para la completa pacificación de la República.
Muy afectuosamente. Álvaro Obregón."

Leoncio Rivera estaba pensativo. Era un soldado irregular que en sus tiempos libres se dedicaba al campo, a la venta de carne de res, por eso no entendía la manera de conceptuar la política de los altos niveles, donde los militares siempre tomaban las decisiones importantes. "Y cómo no –pensó− si los últimos diez años el país se ha desangrado por las constantes luchas de los grupos militares para conseguir el poder. Desde que Madero le hizo un hueco a la soberbia de don Porfirio, luego las hazañas del Centauro, hasta la sublevación de Zapata contra el carrancismo. ¿Cuántos muertos yacían enterrados en el campo mexicano? ¿Cuántos despojos se habían quedado colgados de las ramas de los árboles? ¿Cuántas viudas y huérfanos deambulaban como perros sin dueño? Y ese Zapata, no me dijeron en Coyutla que Carranza lo había mandado matar, que el viejo tenía las manos manchadas de la sangre de Emiliano. Entonces, digo, el que a hierro mata, a hierro muere”.

Esta era una situación de emergencia, parecida a la de 1919, cuando lo mandaron como espía a Tulancingo, querían saber cómo se movía el enemigo, cuántos hombres eran, cuántos pertrechos, si era verdad lo de las ametralladoras, pensó dándole vueltas a las ideas en su cabeza. Esa ocasión lo habían mandado como si fuera un comprador de mulas, le dieron dinero suficiente para aparentar riqueza, advirtiéndole que si lo descubrían no se harían responsables de su suerte. Lo enviaron por indicaciones del mayor Aarón Valderrábano, confiando en su buena estrella y un salvoconducto como único documento por escrito. Él guardaba el papel, ya maltratado:
Ejército Nacional
BATALLON
Brigada. 15
1ª. Compañía.
A las Autoridades Militares y Civiles, a quienes fuere presentado el portador C. Leoncio Rivera, se les suplica guarden toda clase de consideraciones y le den garantías que fueren necesarias y que la Ley otorga.
CONSTITUCIÓN Y REFORMAS.
Villa Juárez, Puebla, junio 20 de 1919.
El Mayor.
Aarón Valderrábano

Igual que muchos revolucionarios, Leoncio Rivera había bailado al son que le tocaron. Fue maderista, villista y carrancista, hasta que en su camino se aparecieron dos senderos. Águila o sol. Él estuvo en Coyutla, la reunión fue secreta, la orden clara: matar a un hombre.
La luz del quinqué reflejaba su sombra en la pared. Era la sombra de un hombre abatido por el miedo. Sus temores habían vuelto a escaparse de la caja de Pandora. Tan grande es el miedo a lo desconocido que logra paralizar al más valiente. "Uno puede morirse en la batalla combatiendo con otros. Ahí se lucha para sobrevivir. Pero emboscar a alguien que representa un símbolo es otra cosa. El Presidente es como el himno o la bandera. No puede uno cagarse en la bandera y fumarse un cigarro, chingao”. Pero se repitió que era un soldado y, por lo tanto, un militar sólo obedece órdenes. Quiso matar a los demonios que habitaban en su mente, secarlos y salar la carne de sus cuerpos. Así, de paseo por su memoria, fue buscando el origen de sus miedos:
Era una noche en que se podía oler el aroma de los jobos en el aire nocturno y se sorprendió al mirar, a la luz de su lámpara de mano, grupos de zopilotes en los árboles que marcan el lindero del camino a Patla; desconcertado de ver tanto animal acechándolo con sus ojos saltones caminaba despacio, de pronto, sintió que el suelo se hundía bajo su peso y algo viscoso se atoraba en una de sus botas, bajó lentamente el haz de luz y un grito salió de su garganta: la panza abierta de un caballo muerto yacía con las tripas picoteadas. Un erizo de miedo se acomodó en su pelo y atrincheró sus púas matándolo de miedo, ya no paró de correr hasta llegar al pueblo.

O esa mañana, cuando le avisaron que unos villistas le estaban robando su ganado y fue al potrero y se encontró con la muerte en forma de emboscada. Escuchó el tronido de los rifles: las balas de un 30-30 lo persiguieron como avispas, mientras corría en zigzag para salvar su vida. Cuando llegó a su casa, preso de un temblor incontenible, dio gracias a la Virgen por el milagro de traerlo con vida, pues su sarape venía perforado por las balas y sólo una había alcanzado a anidarse en su espalda.

Recordaba atemorizado esa noche que venía pleno de disfrutar los amores de Rosita, cuando al pasar por un costado de la iglesia un animal enorme se le paró en dos patas, dos veces le ladró escupiendo un fuego demoniaco, lo aterrorizó con su mirada fiera, lo hizo recular como si fuera hembra hasta que el miedo se le secó en la boca. Cerró los ojos como no creyendo; el animal amenazó morderlo. "Cruz, cruz, que se vaya el diablo y venga Jesús" dijo haciendo la señal milagrosa y el maldito desapareció al conjuro del nombre del Señor. Cuando por fin apaciguó sus ansias y pudo controlar el potro desbocado que le corría en el pecho por temor al nagual, se dio cuenta del tamaño de su miedo: había orinado sus calzones.

Ahora estaba ahí, anclado en otra isla de temores. Solo, sin nadie en quien confiar en este mundo; pero en el otro cuarto, en el contiguo, descansaba su compadre Rodolfo Herrero. "En buena hora ha venido a sonsacarme", sonrió irónicamente. Sopló sobre el quinqué. Empezó a recordar cómo había conocido a su compadre.

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6. Ya somos carrancistas

Con el sopor de la tarde causando estragos, los invitados departían bajo las sombras de unas jacarandas. Era un patio amplio, había árboles frutales de naranja, limones y anonas; del lado derecho, paralelo al arroyo que corría de norte a sur, estaban los macheros, donde acomodaban hasta veinte animales, entre mulas y caballos. Al norte se alzaba la casa principal, con amplias paredes de piedra y techo de tejas. La tienda daba a la calle que llegaba al centro del poblado, era la más surtida en abarrotes. Hasta ella llegaban comerciantes de San Pedro Tlaolantongo, Encinal, Coamaxalco, Patla y Coyutla para adquirir sus mercancías, pues don Elías compraba al por mayor en Villa Juárez, valiéndose de una recua de doce mulas. Al poniente se alzaban tres chozas sencillas que eran ocupadas por los criados y el caporal.
La fiesta estaba poniéndose de ambiente. Los señores tomaban cerveza, los criados, refino. El general Rodolfo Herrero era el centro de la plática; estaba contando su rendición ante el general Mariel en Xicotepec:
—Había que decidirse. Los constitucionalistas habían ganado batallas y ciudades importantes. El círculo se cerraba alrededor de Carranza y en esta vida hay que estar con los ganadores. La política es una suerte de simulación. Los militares no somos políticos, pero tenemos el derecho de estar donde más nos conviene. Así que hoy ya somos carrancistas, mañana quién sabe. ¡Salud!
−¡Salud, general!

Empezaba a pardear la tarde en Chicontla, el calor aminoraba. El alcohol ya había cobrado sus primeras víctimas. Por el acceso trasero de la construcción apareció la figura de un jinete, los perros lo recibieron con una andanada de ladridos. El hombre se acercó quitándose el sombrero:
—Señor, el general Alberto Basave y Piña lo busca en Coyutla. Dice que es urgente platicar con usted. Son órdenes del alto mando.
—Pero qué pasa; hubo alguna desgracia?
—No, señor, pero dice que debe hablar personalmente con usted. Lo acompañaban dos soldados; parece que es urgente.
—Entonces vamos a despedirnos para salir en este momento. ¡Miguel, que el clarín de las órdenes de botasilla!
—Sí, señor, a la orden!
—¡Leoncio, que traigan mi caballo!
La salida intempestiva del general Herrero y de sus hombres no influyó en el ánimo de la fiesta, los vecinos estaban acostumbrados a este tipo de partidas.
—¡Salud, compadre, brindemos por Candelario!

Un mantel oloroso a pólvora

5. Un improvisado cirujano

En la casa de Elías Álvarez reinaba el desorden. La niña, recostada en un catre, se quejaba. El general se agachó para revisarle la pierna: un pedazo de hueso astillado se asomaba entre las carnes. La chiquilla, mirando la herida, gritaba asustada.
—Necesito agua hervida, señora, — ordenó—.¡ Y ustedes, súbanla con cuidado al mostrador! ¡Miguel, dame el botiquín que traes en el caballo!
—Sí, señor.
Recostada sobre una cobija que habían puesto en el mostrador, la niña abría sus ojos espantada como una lagartija.
—¿Cómo te llamas, pequeña?
—Margarita —dijo sollozando.
—No te preocupes, Margarita, te vamos a curar pero te va a doler un poquito. Mira, vas a morder este pañuelo, si te duele, me levantas la mano. ¿Me entendiste?
—Sí, sí, pero no me vaya a cortar la pierna —suplicó.
—No te preocupes.

Habían traído agua caliente en una palangana y unas toallas. El general se lavó las manos, luego abrió su maletín y sacó unos frascos con polvos, ungüento y vendas.
—¡Ahora sí! —dijo enérgico—¡ Agárrenla con fuerza de los brazos y piernas y no la suelten! ¡Margarita, muerde fuerte el pañuelo!
Al contacto de la gasa con el agua caliente sobre su piel, la niña dio un alarido y perdió el conocimiento.
—Mejor así, —murmuró el improvisado cirujano—. A ver si puedo colocar el hueso. Sería una lástima que esta muchachita no vuelva a caminar como Dios manda.
Luego se dio a la tarea de acomodar en su lugar la tibia fracturada. Sus manos buscaban afanosamente como embonar una parte del hueso con la otra; varias mujeres miraban la escena con ojos de tristeza.
—Una vez, −comentó el general −así curé a un becerro que se había quebrado una pata, pero luego se puso muy triste y tuvimos que matarlo… ¡Oiga, señorita, no se espante! la niña va a quedar bien, mejor busque unas tablitas para inmovilizarla.
El esfuerzo y el calor de la tarde lo hacían sudar; con su pañuelo se limpiaba la frente. Cuando comprendió que había terminado y los pedazos de hueso parecían encajados, comenzó a colocar las vendas con cuidado. El anfitrión, lo mismo que las mujeres, lo veían admirados.
—No creí que supiera curar este tipo de fracturas, general. Yo sabía que sacaba muelas, pero esto es más complicado.
—Así es don Elías, en esta vida hay que saber de todo, por eso tomé un curso por correspondencia —dijo a manera de broma—.
−¡Ah, que mi general!
−Tengo también unos venenos de víbora que son muy buenos para curar enfermedades.
−¡Venga, le invito una cerveza! Vamos a brindar por el éxito de la operación.
−Vamos! Mi asistente se encargará de entablillarla.
Los dos caminaron hacia el patio. Al pasar por la cocina vieron a la abuela tostando café en un comal, consternada. Ya le habían dicho lo que causó su momento de cólera. Rodolfo se le acercó, estimaba a esa señora pues era madre de Leoncio y varias veces había comido en su casa.
—No se preocupe, señora Nicolasa, la niña va a quedar bien —exclamó el general a manera de consuelo−. Consiga un manojo de hojas de chotomitillo y lo pone a hervir; luego lava la herida con cuidado, eso le ayudará a cicatrizar.