martes, 28 de junio de 2011

Un mantel oloroso a pólvora

4. Hermilo Herrero

Todo había sucedido el año anterior, en el mes de noviembre, cuando se celebraba la fiesta en honor de San Andrés, el patrono de Coyutla, en la que el coronel Hermilo había perdido dinero apostando en las carreras de caballos y traía un humor de los mil diablos. Para tranquilizarse tomaba unas cervezas, en una esquina de la plaza de armas, su cantina preferida; pero llegó el “Bigotes” muy contento de haber ganado la última carrera, esa en la que el coronel Herrero había perdido sus ganancias por culpa de un caballo tordillo.
—Esta tarde yo invito, señores. Cervezas para todos −había dicho el “Bigotes”.
Era un muchachito, de unos dieciocho años; sin ninguna experiencia como bebedor a las tres cervezas se andaba cayendo entre las mesas. Le apodaban Bigotes porque siendo niño se había pintado unos bigotes largos para parecerse a Emiliano Zapata; a los dieciséis años, obligado por las circunstancias de miseria, se unió a sus fuerzas y combatió a su lado, pero huyó de Morelos cuando los hombres de Guajardo traicionaron al líder agrarista pues había pena de muerte para todos los que lo hubieran apoyado.
—Aquí no hay nadie que le gane a mi caballo −decía con los ojos revoloteándole en la cara.
Hermilo lo miraba de reojo y escupía la tierra apisonada con esa expresión que le nacía cuando la ira lo quemaba por dentro.
—¡Alguien que le diga a ese muchacho que se calle, ya me está haciendo encabronar! −gritó de pronto.
—No le haga caso, coronel, ya está borracho. ¡Ahorita lo sacamos!
Pero nadie se movió para callarlo, todos los asistentes eran gente de confianza del coronel, así que nadie desconfiaba.
El muchacho se acercó a la mesa de Hermilo con un cartón de cervezas.
—No se enoje, mi coronel. Su caballo perdió ante un buen caballo. Y del jinete, pos ya mejor no hablo. Yo soy tan buen amansador como lo era mi general Zapata.
—Ya cállate muchacho, que estás diciendo disparates.
—No, coronel, yo le gané en buena lid a su caballo, sin trampas, y no me voy a callar. Mejor tómese una cerveza conmigo.
El muchacho movió la mano izquierda para tomar una cerveza del cartón y echó hacia atrás la derecha buscando su navaja para destaparla, pero Hermilo se levantó bruscamente y, sacando su pistola, le disparó dos tiros en el vientre. El estruendo se confundió con los cohetes. El muchacho lo miró sin entender, con una mirada de niño asustado. La cerveza resbaló de su mano, se fue de bruces sobre la mesa. Unas monedas rodaron por el suelo con sonido macabro.
—Ustedes son testigos, fue en defensa propia −dijo Hermilo con un tono que no admitía réplica−. ¡Este muchacho pendejo me quiso madrugar!
El Bigotes no llevaba pistola, la había dejado encargada en una tienda para poder montar el caballo en la carrera. Nadie dijo nada, todos se retiraron en silencio. La navaja brillaba en el suelo como una luna mala.
Cuando el general se enteró del suceso, fue a buscar a Hermilo que estaba en el potrero; le habló en un tono despiadado:
—¡Nomás no te fusilo porque eres mi hermano!—dijo colérico, luego le dio la espalda y clavó las espuelas al caballo.
Hermilo echaba lumbre por los ojos, se le secó la boca y arrojaba escupitajos en el suelo, luego los aplastaba con la punta de las botas:
−¡Todo por culpa de ese pinche muchacho!
Hermilo era muy parecido a su hermano mayor pero más alto y más fornido. Su mirada era dura y su rostro tenía un gesto como si estuviera enojado; el mentón cuadrado, el bigote abundante con las puntas hacia abajo, la patilla recortada, las orejas grandes, le asomaba una onda de su pelo castaño debajo del sombrero texano. Siempre vestía bien acicalado, su pistola al lado y en la hebilla de su cinturón resaltaban las tres letras (HHH) de su nombre. Pero su carácter lo diferenciaba de su hermano: era colérico, explosivo, frío, sanguinario, desconfiado, siempre enemigo de las normas y de la autoridad. Solo toleraba la autoridad de Rodolfo, sin embargo, era muy complaciente y cariñoso con sus dos hermanas menores: Consuelo y Elisa.
Hermilo siempre andaba custodiado por sus hombres: Abelardo Lima, asesino y sanguinario, fiel como un perro con su amo, capaz de matar a sangre fría a hombres y mujeres, callado, encargado de hacer los trabajos de eliminación de sospechosos o enemigos; Facundo Garrido, de carácter sociable, siempre andaba tras las faldas, buen rastreador, conocía todas las veredas de la sierra, también era asesino a sueldo, se distinguía de los demás por pelirrojo; Herminio Márquez, joven pero amargado, no medía consecuencias como si no le importara morir, belicoso, vengativo; lo aceptaron porque venía huyendo de los hombres de Barrios que habían matado a sus hermanos. Rodolfo Herrero y Gabriel Barrios eran enemigos declarados.

No hay comentarios:

Publicar un comentario